Por Horacio Bolaños
Las transformaciones tecnológicas llevan a repensar las disposiciones de los seres humanos ante las mismas.
Con el desarrollo de las grandes organizaciones desde fines del siglo XIX, impulsadas por la mecanización de procesos a gran escala y la necesidad de racionalizar el tiempo y la energía, el foco de los análisis de las capacidades de las personas se centró en el cociente intelectual de las mismas. La inteligencia, en esos momentos era enfocada como la aptitud de los individuos para realizar procesos racionales, lógicos y predecibles.
La dinámica de las tecnologías independientes de la ética llevó a excesos cuya culminación fueron los campos de exterminio y en general la racionalidad deshumanizada.
Estos fenómenos, unidos al desarrollo de las investigaciones de la psicología profunda, llevaron a poner el foco en los aspectos emocionales de personas y grupos. Simultáneamente se incrementó la exploración de otras «inteligencias», como bien las presentara Howard Gardner, en sus trabajos sobre las inteligencias múltiples.
En los últimos años la evolución de los chips y de la inteligencia artificial coloca a la humanidad ante preguntas existenciales postergadas. No porque no estuvieran presentes en otros momentos, sino porque ahora se han tornado ineludibles.
Las distopías que presentan algunos autores sobre la posibilidad del reemplazo de los humanos por máquinas, las fantasías del reemplazo o trasplantes de cerebros, la perspectiva de que las sinapsis neuronales determinan nuestros comportamientos y aspiraciones llevan una vez más a la pregunta sobre cuál es el sentido de la vida en el universo y específicamente en este planeta.
A las dimensiones físicas y psíquicas se suma cada vez con más intensidad la exploración de la dimensión espiritual.
Espiritual no en el sentido religioso, sino como la capacidad para imaginar y definir el propio sentido de la vida.
La conocida fórmula latina: primum vivere, deinde philosophari ha perdido vigencia.
¿Qué puede significar vivir sin un propósito, sin metas a alcanzar, sin sueños para concretar? ¿No sería acaso un mero vegetar? ¿Puede ser ése el propósito de nuestro transcurrir sobre la Tierra?
Las metas materiales, ya al alcance de los grupos socialmente más favorecidos, han demostrado sus limitaciones, los paraísos químicos se agotan en su autodestructividad, el relativismo extremo desaparece ante los más elementales análisis lógicos, el destronamiento de la razón ha encumbrado nuevos belloncicos de oro como la disolución del sujeto o los juegos de las autopercepciones.
¿Quién soy, qué hago con mi libertad, quién es «otro» que me mira y que me permite reconocerme, es acaso un prójimo, un semejante al que debo respetar en su dignidad como persona? ¿Por qué?
La física cuántica ha irrumpido silenciosa pero dramáticamente sobre las ideas de espacio, tiempo y materia.
La manera simplificadora y superficial de decir que «todo tiene que ver con todo» ignora que es cierta la interrelación, pero no de la misma manera. Al menos, para subsistir como personas y como sociedades necesitamos establecer prioridades, definir valores, recrear un uni-verso que contenga los diferentes multi-versos y que les dé un sentido. La libertad de los seres humanos radica precisamente en la capacidad de imponer al caos un orden que les permita vivir y convivir.
Nuestro querido y hermoso planeta se hace cada día más cercano, más comunicado. Ya no es posible considerar que «el infierno son los demás», como sentenciara un personaje sartreano, sino que cada prójimo nos demanda reconocerlo como un semejante con los mismos derechos y obligaciones que los propios. La dimensión del amor y la comprensión obligan a un renunciamiento del egocentrismo y del egoísmo.
Prepararse para esa reconversión es precisamente el propósito de la reflexión espiritual, camino de crecimiento en la dimensión trascendente del ser humano. La reflexión acerca de la dimensión espiritual de los seres humanos lleva indefectiblemente a profundizar tanto en el concepto de ser como en el de espiritualidad.
El concepto de ser, en la tradición filosófica occidental, estructuró una visión del universo organizado según leyes universales, verificables y permanentes. El modelo del mundo natural, físico y del cosmos en general resultaba un «hecho» comprobable, conceptual y sensorialmente.
Salvo los seres humanos, el resto del mobiliario universal actuaba según pautas predeterminadas imposibles de quebrar. Un árbol, una estrella o un gato respondían al entorno según estructuras físico-químicas determinadas, con pocas y lentas variaciones.
Los seres humanos eran los únicos que contaban con la libertad de poder elegir un curso de acción distinto al que sus «instintos» le determinaban. Esa libertad para optar entre diferentes decisiones posibles permitía crear un mundo moral que regulara las relaciones entre las personas y las comunidades para que evitara la «ley de la selva».
La capacidad de dialogar se desarrolló, precisamente, para conseguir algo de los otros sin usar un garrote o una piedra. Si el dominio del aparato vocal provocó la posibilidad del entendimiento o si la necesidad de entenderse desarrolló el aparato vocal no es tema de esta exposición. Lo concreto es que a lo largo de la historia humana el mundo moral modeló personalidades, sociedades y culturas.
Pero el iconoclasta, irreverente y disruptivo siglo XX propuso una visión inversa. Precisamente, el dominio del lenguaje es el que modela el mundo en que vivimos y posibilita crear el que deseamos construir. Y quienes cuentan con el poder mayor y más fuerte, imponen las leyes morales para su conveniencia.
El «ser» de las cosas, tanto físicas como mentales, cambia según cómo las nombremos. No hay un ser gato, piedra o humano. El lenguaje, la sociedad que lo emplea, le otorga entidad a las cosas según las circunstancias y los intereses. Especialmente en el mundo de los humanos, sus costumbres, sus gustos, sus comportamientos adocenados a las necesidades del poder.
Esta última línea argumental es la que propone que la identidad personal es un tema de autopercepción que a su vez está condicionada por las circunstancias sociales y por lo tanto el entorno modela a los individuos. Éstos no son, en última instancia, culpables de sus actos. Es la sociedad la que los condiciona a actuar de determinada manera.
La visión tradicional es acusada de antropocentrismo y se sostiene la relatividad de todos los juicios de valor. El escepticismo y el nihilismo acompañan y coronan la propuesta predominante del siglo con las dos más imponentes guerras y la detonación de bombas atómicas sobre pueblos civiles. Por eso decía uno de sus principales pensadores «los dioses se han alejado».
Era previsible entonces que, al clarear el nuevo siglo, la humanidad volviera a preguntarse: ¿realmente «el ser humano es una pasión inútil»?
El búho de Minerva levanta vuelo al anochecer, decía Hegel, al referirse a la filosofía. Y en el anochecer de un siglo y el amanecer de otro, son numerosos los indicios de la necesidad de repensar la dimensión espiritual de los seres humanos.
En esa línea vale la pena retomar los análisis de pensadores como Nicolai Hartmann (1882-1950), quien dedicó uno de sus profundos estudios al ser espiritual de la humanidad.
Es un hecho que los seres humanos compartimos con otros seres vivos el disponer de un cuerpo y un sistema nervioso desarrollado que nos permite complejas operaciones mentales, conscientes e inconscientes. Pero cuanto parece ser una posibilidad sólo humana es la de poder pensarse a sí mismo. En cuanto el yo consciente, psicológico se piensa a sí mismo, se opera un proceso de desdoblamiento del yo, en el cual el segundo yo se piensa a sí mismo como un objeto extraño, diferente. Y a ese primer desdoblamiento puede seguirle uno segundo y así sucesivamente.
El yo psicológico sigue determinados patrones que permiten clasificar el carácter, los rasgos comunes de una personalidad con otros modelos psíquicos similares. (Carl G. Jung, 1875-1961, fue uno de los primeros en estudiar los arquetipos de personalidad).
Pero el segundo yo, el que se piensa a sí mismo, ya está en condiciones de separarse, de constituirse como un yo individual que puede imponerse sus propias reglas, postergar impulsos, construir escenarios posibles y seleccionar las acciones necesarias para alcanzar la meta propuesta. Que estas metas sean buenas o malas ya depende del propósito que el sujeto individual decida alcanzar y de allí que se perfile la ipseidad de cada persona. Esta es la dimensión que denominamos el ser espiritual de cada uno. Al ser susceptible de pensarse, imaginarse y proyectarse en el mundo cotidiano lo llamamos el ser espiritual, siguiendo la propuesta del mencionado Nicolai Hartmann.
Tomar consciencia de esta dimensión y desarrollar su potencial creativo especialmente en el campo moral, es decir de las interrelaciones con nuestros semejantes y con el entorno natural que nos ha sido regalado, es el propósito de la reflexión espiritual.
Horacio Bolaños el Licenciado en Filosofía. Ha ocupado cuadros gerenciales en capacitación, desarrollo y organización corporativa. Fue director del Great Place to Work Institute en la región. Especialista en ética aplicada. Autor de Del dicho al hecho. El posicionamiento estratégico de la gestión de personas en el entorno y el negocio y El valer de los valores. La gestión de intangibles en tiempos turbulentos. Staff Asesor de Agencia Humana.